viernes, 20 de febrero de 2009

Comanche

Hay una historia que me encanta y son las de los caminos entrecruzados... Gente que aparece en tu vida, sin avisar, sin darte cuenta, y se queda para siempre, y sea imprenscindible, tanto o más como respirar, y que siempre está ahí, cuando los necesitas, aunque el resto del año apenas hagan ruido.   Gente que se entremezcla en nuestras vidas y que nos enseña a caminar, a caer, a levantarnos, a crecer, y a sobrevivir.   También hay gente en la que nos volcamos, y que después desaparecen, tras arañar un cachito de corazón.   Gente que se pierde en los recovecos de nuestra memoria y que con más o menos fortuna forman parte de nuestra historia.
Ella apareció sin saberlo.   Poco sabía yo cuando en mi penúltimo día de becaria de verano en Onda Cero, me llamó Bea de Cope.  Me ofrecían una beca de tres meses.  Y cuando llegué ese viernes no sabía lo que significaría para mí, y todo lo que encontraría allí.
Allí he encontrado a mi gente.  A esa gente que nunca falla, que no hace ruido, que acompaña, que entiende, que comparte los silencios, las risas y los sueños.  Que nunca falla.  Esa gente, que según mi hermana, se crea para que algún día se encuentren y se hagan sin quererlo inseparables.
En medio de aquella fauna que hoy son mis mejores amigos, apareció ella.  María José Cabrera.  Moñitinina.  Comanche.   Maestra.  Protectora.  Madre.  Lo ha sido todo para nosotras.
Ella me enseñó que la mejor noticia no es la que se cuenta primero, sino la mejor contada.  Que triunfar es seguir teniendo los pies en la tierra, comerte un yogur frente al ordenador y recibir el cariño de los que te rodean.  Me enseño que para ser algo, primero tienes que ser persona.  Que las personas están por encima de cualquier información.  Que las noticias tienen rostro, y sentimientos.  Que la clave del éxito está en el equipo.  Que no hay estrella sin un cielo lleno de constelaciones, ni constelaciones sin estrellas.  Que todos somos parte de una cadena que nos necesita como eslabones.  Que las noticias también pueden tener buena cara, y mucho más, sonrisas.  Que para dormir tranquilo por la noche, para ser tú mismo, debes recordar que la veracidad es la mejor herramienta.  Aprendí a no venderme.  A caminar.  
Estuvo allí en el peor momento de mi vida.  Me enseño que caer no significa rendirse, ni tocar fondo, sino coger impulso.  Sostuvo mi mirada y mi alma cuando más lo necesitaba, y más tarde, nunca falto una croqueta para llorar por un ligue o para discutir que hacer sobre el futuro.   Me enseño a exigirme, más aún que antes, pero recordando que el corazón también debe dejar caer sus corazas.  Supo mirar a través de mis barreras para sacar lo mejor de mí.  Todavía recuerdo las miradas, los abrazos, también las broncas, los perdones, pero sobre todo los cafés del consejo de redacción, los besos, las manzanas, las risas, las confesiones del lunes, y los avisos del viernes.   Las historias de ese tiempo cuando ser periodista y ser mujer, no eran una buena combinación.
Hoy ella nos ha dado las gracias a todos, y no sabe que los que debemos darle las gracias somos nosotros.  Porque hay regalos que no todo el mundo puede disfrutar, y ella es uno.  Leyenda viva del periodismo aragonés, y leyenda viva de nuestra vida.  Cabrera.  Comanche.  Por todo, gracias.  Eternas.

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