martes, 24 de junio de 2008

Recorriendo el mundo

Me flipa la gente que coge un día la maleta, la llena de ropa, mete alguno de sus libros preferidos, sus cedés, alguna foto y montones de recuerdos, y se larga.

Me flipa. Deciden viajar a alguna parte, con o sin rumbo fijo, y comenzar allí una nueva vida.
Me flipa. Supongo que es así porque yo carezco del valor suficiente para hacerlo. No por cobardía o no poder, sino por miedo a la soledad, supongo.


Porque me atrevería si supiera que en mi destino ya me espera alguién, o sí, alguno de mis pilares, de esos amigos de verás que lo llenan todo, fueran conmigo.


Todavía recuerdo cuando me fui a Jaca. Es una gilipollez, pero recuerdo como si fuera ayer, cuando me subí al autobús, y vinieron Laura, Manolo y María a despedirme. Ellos tenían que ir a trabajar, pero antes, fueron a decirme adiós (más bien hasta luego) a la estación. Ellos, Bea, Comanche, mi familia, Raquel, Raúl, y todo el puzzle, fueron básicos para soportar aquel mes y medio, que en realidad, Jacobo me entiende, se nos hizo como dos decenios.


Escribo esto, porque estaba viendo a Laurita en el Aragoneses por el mundo, hoy desde Egipto, y todos esos protagonistas me han dado una envidia terrible.


Envidia por no tener el valor de coger la maleta y arriesgarte. Pero claro, estoy convencida de que no podría vivir sin unas cuantas personas de mi alrededor a miles de kilómetros de distancia.


En fín, que qué bonito sería atreverse. Igual que ahora recorro la Expo y me gustaría recorrer el mundo.

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