Le regalaron una libreta y dedicaba los días a escribir historias. Escribía sobre sueños rotos, inalcanzables o usados. Sobre chicas que querían a caballeros andantes. Sobre lobos solitarios que esperaban en las barras de los bares. Sobre payasos que lloraban y que habían olvidado reír.
Escribía sobre canciones pasadas de moda. Sobre tiempos en los que el hambre era la protagonista en la mesa. Sobre miedos y soledades. Sobre valientes que luchaban en las sombras.
Escribía sobre amores imposibles. Sobre corazones rotos y sobre besos eternos. Sobre chicos que bailaban bajo la luz de la luna. Sobre cartas de amor.
Escribía sobre cuentos interminables. Sobre historias terminadas. Sobre sentimientos vacíos y aletargados. Sobre mariposas suicidas. Sobre amores olvidados.
Escribía sobre las olas, el mar encrespado, las gotas de lluvia y la luz de la luna. Sobre verdades a medias y mentiras encontradas. Sobre tangos inacabados y pasodobles enfrentados.
Escribía sobre temores prohibidos y valores incendiados. Sobre carreras a otros planetas. Sobre estrellas que caían del cielo.
Escribía sobre corazones partíos. Sobre abrazos invencibles. Sobre deseos prohibidos. Sobre luchas ensangrentadas, miradas a medias, y caricias reencontradas.
Escribía al dictado de su corazón. Y nunca se le acababan las fuerzas, ni las palabras...
miércoles, 21 de noviembre de 2012
martes, 13 de noviembre de 2012
La decepción
Hay sentimientos que duelen como heridas.
Uno es el vacío. El llegar a casa y que no haya nadie. El mirar a otro lado y que no estés ahí.
Otro es el miedo. Esa sensación que se coloca en la garganta y que te nubla la vista, te borra la voz y aturulla el cerebro.
También está la desolación. Saber, pensar, o creer que nada volverá a ser como antes, y que los buenos tiempos se han esfumado.
La desesperanza.
Y la decepción. La decepción es un dolor profundo, agónico, hiriente. Se atrinchera en casa, como si bajará las persianas, cerrará las puertas y se metiera bajo la manta. La decepción es un látigo que te golpea a ratitos. Crees que nada te importa. Que todo resbala por la coraza que te has construido... sin embargo, la decepción sigue ahí. Se te cuela en la mirada y lo nubla todo. Te quedas esperando que alguien venga y te la arrebate, pero no sucede. Y pueden pasar los días sin que notes los efectos, hasta que de pronto un peso se instala en el estómago. Está ahí, agazapada, esperando para devorarte por dentro. Tumba muros, rompe sueños, atrapa suspiros, y pisotea el amor. Intentas perdonar, si es que hay algo que perdonar. A ratos te culpas, como si el dolor que sientes fuera culpa tuya. A ratos estudias los movimientos y analizas en qué fallaste. Porque siempre, como siempre, la culpable eres tú y sólo tú. Tu presente es culpa de tu pasado y tu pasado frena tu futuro. Y ahí sigues, esperando. Contando días. Quitando hojas del calendario. Con ése peso, con lo que hace unos meses fueron mariposas deslizándose arriba y abajo por tu interior, por tu vientre, y ahora lo único que quieres es vomitarlas. Disecarlas. Pincharlas. Eliminarlas.
A veces querrías desatar la ira. Por que sabes que no todo es culpa tuya. No al menos esta vez. Y aunque no puedas evitar de vez en cuando pensarlo, sabes, que es cierto. Que no has podido hacer más, y que estás cansada de ser utilizada, porque no te lo mereces. No. Y es una de las pocas cosas, que al menos, en parte, tienes claras en la vida.
martes, 6 de noviembre de 2012
Casi tantas
No entiende nada. O más bien, entiende poco.
Cada día el cielo es más oscuro.
Y cuando la miró con los ojos llenos de lágrimas y palabras atrapadas en la boca, no supo que decirle.
No sabía que contestar.
Por qué en los últimos tiempos siempre sufrían los buenos. Y los malos campaban a sus anchas.
El dolor se hace protagonista. Y el miedo les atenaza.
Quiere que otra vez sea esa época en la que salías a la calle cantando, bailando con la mirada.
Esos días en que la competición se basaba en ver quién gritaba más fuerte al reír.
Se suele preguntar por qué es así, por qué ellos y no otros. Se lo ha preguntado muchas veces.
Casi tantas, como ha buscado excusas para no repartir besos. Casi tantas, como sueños ha guardado bajo la almohada. Casi tantas, como cartas sin remitente o sin destino. Casi tantas, como llamadas apagadas de madrugada. Casi tantas, como te quieros tejidos en su cama. Casi tantas, como espaldas que callan declaraciones de amor. Casi tantas, como las veces que habría corrido tras de ti, si una sola vez, te hubieras girado al marchar. Casi tantas. O tantas casi.
Cada día el cielo es más oscuro.
Y cuando la miró con los ojos llenos de lágrimas y palabras atrapadas en la boca, no supo que decirle.
No sabía que contestar.
Por qué en los últimos tiempos siempre sufrían los buenos. Y los malos campaban a sus anchas.
El dolor se hace protagonista. Y el miedo les atenaza.
Quiere que otra vez sea esa época en la que salías a la calle cantando, bailando con la mirada.
Esos días en que la competición se basaba en ver quién gritaba más fuerte al reír.
Se suele preguntar por qué es así, por qué ellos y no otros. Se lo ha preguntado muchas veces.
Casi tantas, como ha buscado excusas para no repartir besos. Casi tantas, como sueños ha guardado bajo la almohada. Casi tantas, como cartas sin remitente o sin destino. Casi tantas, como llamadas apagadas de madrugada. Casi tantas, como te quieros tejidos en su cama. Casi tantas, como espaldas que callan declaraciones de amor. Casi tantas, como las veces que habría corrido tras de ti, si una sola vez, te hubieras girado al marchar. Casi tantas. O tantas casi.
lunes, 29 de octubre de 2012
Entre manos
Tiene una historia entre manos, y cree que puede ser la definitiva. Las ideas se cruzan en su cabeza como estrellas fugaces de aquella noche de agosto en que pedía como deseo que se le curarán las paperas. Sin embargo, cuando llega al papel... silencio. Se le ocurren frases a medias, escribe palabras que no riman, construye diálogos inacabados... Es lógico. En su vida real tiene conversaciones a medias con bastantes personas. A ratos se siente sola. Aveces es como una losa que le pesa en la espalda. Otras es ligera, es un bulto que se sienta a su lado. Lo cierto es que le gustaría que le cogieras el teléfono y le dijeras que la echas de menos. Que todo es un poco más gris desde que no está. Que no te ríes igual y que has dejado de soñar. Pero sabe que eso no pasará. Y a su alrededor todo se vuelve gris porque hay historias grises en personas deslumbrantes. Y le gustaría que no pasarán, y que el chico de los ojos tristes y la sonrisa pícara no tuviera miedo en el atardecer, y que la pizpireta castigadora de Triana no perdiera a su amor... ¿Qué siente alguien que sabe que en unos meses va a morir? ¿Qué piensa? Y lo que más la concome... ¿qué piensa la persona que cada noche se mete con él en la cama? Sólo espera que sea capaz de superarlo...
domingo, 28 de octubre de 2012
Una calculadora con calendario
A veces piensa en qué se equivocó, o en qué se equivoca... porque ve una cosa, piensa otra, oye otra y siente otra. Cuatro cosas. Como estaciones en el calendario. Tal vez deba dividir sus sentimientos. De ese modo en invierno sentiría odio, en primavera cariño, en verano toda la alegría del mundo y en otoño intentaría buscar la calma y la paz. Así, a bote pronto, es lo que se le ocurre. Piensa también que todo este entuerto pueda deberse a que nunca se le dieron bien las matemáticas. Tal vez si hubiera hecho caso a aquella profesora que iba a casa, habría aprendido a hacer bien las ecuaciones, los logaritmos y las raíces cuadradas. Si supiera podría despejar la incógnita... saber qué pinta en tu vida, si es que pinta algo. Saber si debe encerrar sus sentimientos bajo llave y arrancar las hojas del calendario para que llegue pronto una nueva primavera. El error debió ser ése... buscará por el viejo armario a ver si aparece la calculadora del instituto. En ella escribió un corazón con otras iniciales, pero podría ayudarla a despejar las ecuaciones.
viernes, 19 de octubre de 2012
Una llamada
Todo se quedó frío tras su llamada. Como el ambiente tras el sentimiento de culpa. El cielo era gris y fuera llovía. Las lágrimas cayeron por mi mejilla y sentí el dolor que se clavaba como las agujas de tejer. Me hablaste de dolor, de amor y de muerte. Y me pregunté el por que de las cosas. Por que la suerte nos golpea a unos y no a otros. Tuve miedo. Y el silencio me invadió. No sabía que decirte y a mí, aunque no lo creas se me escondían las palabras... Me habría gustado abrazarte. Decirte que todo iría bien, pero ya no había tiempo. Las historias de amor pueden ser infinitas... Y espero que el dolor no lo sea.
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