martes, 15 de marzo de 2011

Lágrimas del cielo

La Princesa había vuelto al Reino, pero nada era ya como antes.
Los súbditos enloquecían presos del amor. Las penas bailaban al compás del viento. Los gritos eran las nanas que acunaban en los sueños. Arañas gigantes ascendían por las montañas verdes y por las praderas se arrastraban las mariposas.
La Princesa había vuelto, pero no como antes.
Apenas le quedaban ya sonrisas y las fuerzas se habían ido escapando por su garganta a través de pequeños suspiros.
Estaba allí, pero no como antes.
Sus botas preferidas se habían roto y no podía ya caminar por los charcos. Los pares de zapatos andaban solos por el mundo. Cojeando. Renqueando.
Había regresado. Pero no había traído el sol tal y como prometió al reino.
Las nubes se habían ido colocando sobre el cielo, formando una barrera inquebrantable. Busco sueños para intentar tener un motivo por el que levantarse cada mañana. Y se los arrebataron.
Estaba allí, pero no era lo mismo.
En la soledad, intentaba contar las partículas de polvo que flotaban en el aire. Quería matar el tiempo, antes de que éste la matará a ella.
Nada era igual. Ya no.
En su mente se amontonaban millones de palabras. Temblaba al sentirlo lejos. Pero también lo había hecho cuándo él estaba cerca.
No podía llorar. Y lo que nadie en el Reino sabía, era que el cielo se encapotaba porque ella no podía llorar. La lluvia que caía del cielo eran sus propias lágrimas. Todas las que la Princesa era incapaz de derramar.

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